Hace cinco años mi vida cambió para siempre.
No fue una ruptura, ni un despido, ni una simple etapa difícil. Fue un quiebre profundo, silencioso, que me llevó a experimentar un síndrome de estrés postraumático. Y aunque suena lejano, técnico, casi ajeno… cuando te toca, lo entiendes todo.
Lo entiendes porque no puedes dormir. Porque tu cuerpo vive alerta aunque no haya peligro. Porque nada se siente seguro, ni siquiera tú misma.
Las secuelas emocionales no se ven, pero existen. Y se sienten todos los días.
Sentí tristeza profunda, miedo paralizante, confusión absoluta.
Tomé decisiones que muchos cuestionaron… incluso yo.
Pensé que había fallado. Que me había perdido.
Pero hoy entiendo que hice lo único que podía hacer para sobrevivir en ese momento.
Y no solo fue una caída emocional.
También me derrumbé profesionalmente.
Lo que había construido con tanto esfuerzo se desmoronó, porque cuando no puedes contigo misma, tampoco puedes con todo lo demás.
Durante mucho tiempo pensé que eso era imperdonable. Hoy sé que también está bien.
Que hay momentos en los que reconstruirse es más importante que sostener una fachada.
Y que tu valor no desaparece por dejar de producir o rendir como antes.
Lo más duro fue que nadie lo notó.
Ni siquiera quienes estaban más cerca de mí.
Me juzgaron por «no saber lo que quería», y la verdad es que no lo sabía.
No sabía quién era. No entendía qué había pasado. Vivía un huracán interno categoría 5.
Y sin embargo… el sol volvió a salir.
Hoy estoy de pie. Entera. Diferente. Más fuerte.
Pensé en pedir disculpas a quienes afecté con mis silencios, mis cambios, mis decisiones.
Pero no.
No voy a disculparme por sobrevivir.
En lugar de eso, les deseo algo mucho más valioso:
Que nunca pasen por algo así.
Y si alguna vez les toca, que encuentren a su alrededor la compasión, la paciencia y la humanidad que tanto se necesita para atravesar una tormenta emocional.
Porque aunque no lo parezca… todo pasa. Todo mejora. Y un día, vuelve a salir el sol.


Deja un comentario